"La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado. Pero quizá sea
igualmente vano esforzarse por comprender el pasado, si no se sabe nada del presente" M. Bloch

jueves, 28 de julio de 2011

Sobre el reflejo social del cambio demográfico en el mundo árabe

Interesante artículo de Youssef Courbage, director de investigaciones en el Instituto Nacional de Estudios Demográficos, París, para el nº189 de Le Monde Diplomatique en español (julio 2011). Ahí va:

El tiempo de la juventud árabe

En los últimos veinte años, la convergencia demográfica de los países de las orillas sur y norte del Mediterráneo prosiguió a ritmo sostenido. El índice de fecundidad -que sirvió para dar una imagen despreciable de los mundos musulmanes (1)- muestra que el Líbano, Túnez, Marruecos, Turquía e Irán alcanzan actualmente niveles que se acercan a los de los países europeos.
Estas metamorfosis demográficas son portadoras de irreversibles transformaciones políticas. En Marruecos, el índice de fecundidad no ha dejado de retroceder desde 1975, para alcanzar los 2.19 hijos por mujer en la encuesta de 2009-2010. En áreas urbanas, está hoy por debajo del umbral de renovación de las generaciones (2.05 hijos por mujer). Lo mismo sucede en Túnez, desde hace una década.
Habida cuenta de la demografía, las revueltas árabes aparecen como ineluctables. El proceso que Europa vivió a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se propagó al mundo entero; no podía quedar fuera el sur del Mediterráneo, que desde hace cuatro décadas vive las mismas transformaciones demográficas, culturales y antropológicas. El mundo árabe no es una excepción: creerlo sería pecar de esencialismo, inventando un homo arabicus o un homo islamicus por definición reacio al progreso.
Excluyendo a los libaneses cristianos -que se beneficiaron de la presencia de las misiones y sus universidades desde el siglo XIX- una parte del mundo árabe empezó a metamorfosearse a partir de los años 1960, gracias al alza del nivel de instrucción y a la baja de fecundidad. En el Túnez de Habib Burguiba, la voluntad de modernización pasó por el acceso a la enseñanza, tanto para los varones como para las mujeres. En Marruecos, los primeros gobiernos de la independencia también habían hecho de la educación su prioridad, antes de que esos esfuerzos se vieran frenados por temor a que hicieran tambalear las jerarquías políticas -lo que explica su actual retraso en materia de alfabetización, sobre todo para las chicas y en el medio rural-.
La generalización de la instrucción fue acompañada por un creciente control de la natalidad y de la extensión del uso de métodos contraceptivos. El descenso de la fecundidad en algunos países árabes ha sido tan fuerte que se quebrantaron los valores tradicionales de tipo patriarcal. El cuestionamiento del pater familias implica, a cierto plazo, el de todos los "padres de los pueblos" -como se ha visto ya en Túnez o Egipto. También debe señalarse la clara decadencia de la endogamia, es decir del estancamiento del grupo familiar que conlleva el repliegue de los grupos sociales sobre sí mismos y la rigidez de las instituciones. Una sociedad que se abre al exterior está más dispuesta a rebelarse frente a un gobierno autoritario. Así, la escolarización masiva y el descenso de la natalidad pueden provocar, indirectamente, una toma de conciencia y desencadenar las revueltas. (este tipo de subrayado es mío)

Tales conmociones en la esfera familiar tienen efectos de doble filo. Limitar su descendencia permite criar mejor a sus hijos, alimentarlos mejor, escolarizarlos en un mejor nivel y por más tiempo. En una familia restringida -modelo al que tiende la família árabe-, las interacciones padre-madre y padres-hijos se tornan asimismo más "democráticas", lo que sólo puede tener repercusiones positivas en el plano social y político. Los problemas surgen cuando viven juntos un hijo instruido y un padre analfabeto pero que ejerce el poder absoluto (herencia de las sociedades patriarcales). La cohabitación se torna entonces "complicada". Estos transtornos familiares aparecen nuevamente en una escala más global, y pueden explicar -al menos parcialmente- los fenómenos islamistas.
La instrucción generalizada de los varones, y luego de las niñas, condujeron al despertar de las conciencias, quizás incluso a un cierto "desencanto" del mundo, e indujeron una secularización de la sociedad. Los jóvenes universitarios desocupados fueron los primeros en rebelarse. Pero, de Marruecos a Jordania, los manifestantes son de ambos sexos y pertenecen a todas las edades y a todos los grupos sociales: esas revoluciones, de naturaleza esencialmente seculares, no son exclusividad de los jóvenes.
En su teoría del "choque de civilizaciones", Samuel Huntington consideraba al aumento de la proporción de jóvenes en la población como un factor de desestabilización del mundo y de desarrollo del islamismo: aportaría trastornos sociales, la guerra y el terrorismo (2). Al precipitarse en esa vía, ciertos politólogos se aventuraron a ver una relacion de causalidad entre juventud y propensión a la violencia. La principal falla de este razonamiento es que toma un dato temporal por una realidad universal y la imputa a factores religiosos y de civilización. Esta "ola de jóvenes", que se origina en un período de alta fecundidad antes de los años 1980, y un fuerte retroceso de la mortalidad, sería consubstancial a una mentalidad común a todos los pueblos árabes o musulmanes, de Marruecos a Indonesia.
Ahora bien, los datos demográficos revelan una extrema diversidad de situaciones. En especial, muestran que la "ola joven" es efímera. Si se sigue el paradigma de Huntington, a la violencia política de los jóvenes debería sucederle pronto una "reabsorción" de esa generación, y por lo tanto una pacificación de la sociedad. Sucede que, desde los años 2000, esta ola ha sido superada en Marruecos, en Argelia o incluso en Arabia Saudí. El Líbano, precursor, vivió el pico de su población joven en plena guerra civil, en 1985, y Turquía en 1995; Egipto y Siria tan sólo en 2005. Con excepción de Yemen (donde el descenso comienza ahora) y Palestina (donde se entrevé para 2020), el predominio demográfico de los jóvenes habrá desaparecido por completo en tres décadas, para alcanzar los niveles europeos.



Algunos ejemplos concretos:

Argelia. Con más de 8 hijos por mujer, la tasa de fecundidad argelina era, en época de la independencia, una de las más altas del mundo árabe. La transcición demográfica empezó más tarde que en los países vecinos -una particularidad que debe menos a la política de natalidad del Gobierno que a los efectos de una economía de renta, que prácticamente permitió alimentar a la población de "la cuna a la tumba". En dos décadas, su fecundidad se derrumbó hasta alcanzar la de Túnez y Marruecos. Pero, a partir de 2000, experimentó una evolución inversa a la de los países vecinos y comezó a progresar. La reabsorción de la crisis y la disminución de la violencia política constribuyeron al aumento de matrimonios (341 000 celebrados en 2009 frente a 280 000 en 2005).
Libia. Subpoblada y rentista, Libia vivió una transición demográfica similar a la de los países del Golfo productores de petróleo. Durante mucho tiempo, la política de natalidad oficial se vio acompañada de una generosa redistribución de los dividendos del oro negro. Pero tras el contrachoque petrolero, seguido del embargo internacional, la fecundidad disminuyó hasta alcanzar 2.4 hijos por mujer en 2010, según las Naciones Unidas.
Egipto. Su estabilidad demográfica contrasta con su actual inestabilidad política. A pesar de una densidad extrema, debida a que apenas el 4 ó 5 % del territorio es habitable, la población sigue aumentando al ritmo del 2% anual. Su alta fecundidad no disminuye, como ocurre en todas partes. Se mantiene en alrededor de 3.25 hijos por mujer, es decir un 50% más que Marruecos o Túnez.
Jordania. A pesar de sus enormes progresos en el plano de la educación y la alfabetización, el país mantiene una fecundidad relativamente alta ( más de 3.5 hijos por mujer), estable desde hace unos diez años. El fenómeno se explica por una absoluta filiación patrilineal y la necesidad de asegurar una descendencia masculina -a diferencia de los países del Magreb, donde muchas parejas se liberaron de este imperativo-. Las rivalidades confesionales, regionales o sobre el origen (palestinos o transjordanos), contribuyen a perpetuar una fuerte fecundidad.
Líbano. Con un promedio de 1,69 hijos por mujer, el Líbano constituye una excepción en la región. Desde terminada la guerra civil (1976-1990), desaparecieron las rivalidades demográficas observadas en los años 1960 y 1970. Aunque los niveles sean diferentes, en la actualidad se observa el mismo comportamiento en el seno de los distintos grupos confesionales, de los maronitas a los chiíes, pasando por los griegos ortodoxos o católicos, los suníes y los drusos.
Turquía. Hoy el país se sitúa por debajo del umbral de renovación de las generaciones (2,09 hijos por mujer*). Es decir, a pesar de que ejerce el poder un gobierno islamista y proclive a favorecer la natalidad -como era el de Necmettin Erbakan (1996-97)-, las familias deciden libremente el número de sus hijos y eligen limitarlo. Otra ilustración de ese fenómeno de disociación es Irán, con régimen islamista, donde la fecundidad resulta aún más baja (1,83 hijos por mujer).
Israel-Palestina. Gran sorpresa: la fecundidad de la población judía de Israel sigue aumentando año tras año (3 hijos por mujer), mientras que no deja de disminuir entre los palestinos de los territorios ocupados, en Cisjordania (incluída Jerusalén-Este) e incluso en Gaza, donde durante la primera Intifada alcanzaba un record mundial. Actualmente, debe de contar con no más de 3,6 hijos por mujer (3,1 en Cisjordania y 4,7 en Gaza, según la Oficina del Censo estadounidense). Entre los árabes israelíes, la fecundidad de 3,4 hijos está casi por alcanzar la de los judíos israelíes.

(1) Como por ejemplo en la pluma de la periodista Oriana Fallaci, La rabia y el orgullo, El Ateneo, Buenos Aires, 2002.
(2) Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones, Paidós, Barcelona, 1997.
*El umbral de renovación generacional es de 2,1.



En resumen: la calidad de la educación de hijas e hijos, por lo general inversamente proporcional al número de éstos en cada família (número medio que a su vez varía según la educación que recibieran los padres), es un ingrediente básico para conseguir avanzar -como se está avanzando- hacia una democratización del mundo árabe, o de cualquier otro "mundo". Esto es así, en la medida en que la educación crea espíritu crítico, y éste conforma una ciudadanía consciente y responsable.

Saludos

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