"La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado. Pero quizá sea
igualmente vano esforzarse por comprender el pasado, si no se sabe nada del presente" M. Bloch
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martes, 4 de septiembre de 2012

Sobre el olvidado siglo XX

Pronto empiezan de nuevo las clases para nosotros los universitarios. En mi caso me enfrento -de grado- con el último año de la licenciatura de Historia. Es una lástima, he disfrutado mucho con la carrera y nuestro futuro como docentes o profesionales de la historia es, hoy por hoy, toda una incógnita. ¡Pero aún quedan muchas horas por delante hasta que éso llegue! Sigamos pues con nuestro propósito que era, si mal no recuerdo, atraer a los interesados lectores hacia otra obra de referencia, la que da título a esta entrada: "Sobre el olvidado siglo XX" (2008), del imprescindible Tony Judt, quien ya pasó antes por nuestro blog (ver).
Pues bien, todavía no he pasado de la introducción de la obra y ya os la anuncio a bombo y platillo. Hoy mismo la recogí de la biblioteca. No puedo en tales condiciones -diréis- escribir una entrada sobre el libro de Judt, si ni siquiera sé si será bueno o valdrá la pena; quizá no debiera, pero sé que lo será y la valdrá. Antecedentes tengo, con la lectura de otras obras suyas como "Algo va mal" (2010) o la monumental "Postguerra" (2005), que dejé "en stand by" durante el verano y pronto retomaré. Pero es que además voy leyendo la introducción y me va encantando, y nada más que un recorte de dicha introducción es lo que os traigo, para abrir boca. En cursiva y entre corchetes van mis comentarios, y destacaré algunas ideas con el subrayado. Allá va:

(...) En suma, el Estado de bienestar nació de un consenso interpartidario del siglo XX. En la mayoría de los casos fue puesto en práctica por liberales o conservadores que habían entrado en la vida pública mucho antes de 1914 y para quienes la provisión pública de servicios médicos universales, pensiones de jubilación, seguros de enfermedad y desempleo, educación gratuita, transporte público subvencionado y otros prerrequisitos de un orden civil estable no representaban la primera fase del socialismo del siglo XX, sino la culminación del liberalismo reformista de finales del siglo XIX. Una perspectiva similar informó el pensamiento de muchos de los partidarios del New Deal en Estados Unidos.
Además, y aquí el recuerdo de la guerra [la segunda mundial] desempeñó de nuevo un papel importante, los estados de bienestar "socialistas" [Judt ironiza -de ahí las comillas- con los que califican al Estado de bienestar de socialista dada su activa intervención en la vida de su población a través de las distintas políticas públicas, subvenciones, etc. Un estado socialista, un estado intervencionista, un estado ineficaz, vendría a ser la despectiva descripción] del siglo XX no se construyeron como avanzadillas de una revolución igualitaria, sino como barreras contra el regreso del pasado: contra la depresión económica y su violento resultado polarizador en las políticas desesperadas del fascismo y del comunismo. Los estados de bienestar eran por tanto estados profilácticos. Fueron diseñados conscientemente para satisfacer el anhelo generalizado de seguridad y estabilidad que John Maynard Keynes y otros previeron mucho antes del final de la Segunda Guerra Mundial -y superaron todas las expectativas-. Gracias a medio siglo de prosperidad y seguridad, en Occidente hemos olvidado los traumas políticos y sociales de la inseguridad masiva. Y así hemos olvidado por qué heredamos esos estados de bienestar y qué fue lo que dio lugar a su creación.

http://opinionesdiscutibles.blogspot.com.es
La paradoja, por supuesto, es que el éxito mismo de los estados de bienestar de economía mixta, al proporcionar la estabilidad social y la desmovilización ideológica que hicieron posible la prosperidad del pasado medio siglo, ha conducido a una generación política más joven a dar por sentadas esas mismas estabilidad y conformidad ideológica, a pedir la eliminación del "impedimento" de un Estado que impone tributación, regula y, en general, interfiere. Si el argumento ideológico de esto es tan sólido como ahora lo parece -si la regulación y la provisión sociales fueron realmente un impedimento para el "crecimiento" y la "eficacia", y no quizá la condición que los facilitó- es discutible. Pero lo que resulta llamativo es hasta qué punto hemos perdido la capacidad incluso de concebir la política pública más allá de un economismo* estrecho. Hemos olvidado cómo pensar políticamente.


Éste también es uno de los paradójicos legados del siglo XX. El agotamiento de las energías políticas en la orgía de violencia y represión de 1914 a 1945 y posteriormente nos ha privado de buena parte de la herencia política de los últimos doscientos años. La terminología de "izquierda" y "derecha", heredada de la Revolución Francesa, no carece por completo de significado en la actualidad, pero ya no describe (como hasta hace poco tiempo) las lealtades políticas de la mayoría de los ciudadanos en las sociedades democráticas. Somos escépticos, si no activamente recelosos, ante los objetivos políticos globales: las grandes narraciones de la Nación, la Historia y el Progreso, que caracterizaron a las familias políticas del siglo XX, ahora parecen desacreditadas sin recuperación posible. Y, así, describimos nuestros objetivos colectivos en términos exclusivamente económicos -prosperidad, crecimiento, PIB, eficacia, producción, tipos de interés y comportamiento del mercado de valores- como si no fueran sólo medios para alcanzar colectivamente unos fines sociales o políticos, sino fines suficientes y necesarios en sí mismos.
En una época apolítica hay mucho que decir de los políticos que piensan y hablan económicamente: después de todo, así es como la mayoría de la gente concibe hoy sus oportunidades e intereses vitales, y cualquier proyecto de política pública que ignorase esta verdad no llegaría muy lejos. Pero eso es sólo como son las cosas ahora. No han sido siempre así, y no tenemos buenas razones para suponer que seguirán siéndolo en el futuro. No sólo la naturaleza aborrece el vacío: las democracias en las que no hay opciones políticas significativas, en las que la política económica es todo lo que realmente importa -y en las que la política económica está en buena parte determinada por actores no políticos (bancos centrales, agencias internacionales o corporaciones transnacionales)- bien dejarán de ser democracias que funcionen o volverán a presenciar la política de la frustración, del resentimiento populista. La Europa central y oriental postcomunista ilustra cómo puede ocurrir esto; la trayectoria política de democracias similarmente frágiles en otros lugares, del sur de Asia a América Latina, es otro ejemplo. Fuera de Norteamérica y de Europa occidental parece que el siglo XX sigue con nosotros.

Fin de la transcripción.


No os engañéis por el breve fragmento que he traído. De seguro el libro ahondará en estos juicios, pero incorporando otros análisis históricos y en especial (esto lo he visto con un vistazo al índice) el papel de las ideas y la responsabilidad de los intelectuales que poblaron el pasado y turbulento siglo. Es un libro sobre el siglo XX visto desde inicios del XXI, un libro-advertencia, o un libro-consejo... un libro crítico. Olvidamos el pasado siglo, qué llevó a hacernos tal como éramos, tal como somos; olvidamos las consecuencias de cargar demasiado el saco, de pensar demasiado en abstracto, de olvidar a la gente que hace que todo el sistema circule sin taquicardias. Como el niño que olvidase las propiedades del fuego, aquel que ignore las lecciones del pasado corre el riesgo de abrasarse. Es lo que Tony Judt pareció querer advertirnos en sus obras.

Saludos 

* Economismo: doctrina que defiende la primacía de los factores económicos sobre los de cualquier otra índole.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

"Algo va mal", un libro de Tony Judt

Con el título en catalán El món no se'n surt, y en el original I'll fares the land (algo así como "pondré precio a la tierra"), se trata de un aviso a las generaciones presentes y futuras donde el profesor Judt* analiza el pasado, presente y futuro de la democracia y el Estado de Bienestar, en un estilo claro, conciso, ameno y que no deja indiferente. Si no me equivoco, salió a la venta el año pasado, luego recoge la crisis en la que estamos inmersos.
Os dejo un extracto del libro que he elegido al azar**:

Así pues, ¿qué deberíamos haber aprendido de 1989? Quizá, sobre todo, que nada es necesario ni inevitable. El comunismo no tenía que ocurrir -y no había razón alguna para que durara para siempre-; pero tampoco había nada que nos garantizara que iba a caer. Los progresistas deben asumir la contingencia absoluta de la política: ni el auge de los Estados del bienestar ni su ulterior pérdida de favor han de considerarse un regalo de la Historia. El "momento" socialdemócrata -o su equivalente estadounidense desde el New Deal hasta la Gran Sociedad- fue producto de una combinación de circunstancias muy concretas que no es probable que se repitan. Lo mismo cabe decir del "momento" neoliberal que comenzó en la década de 1970 y que sólo ahora acaba de desacreditarse.
 Pero precísamente porque la historia no está predeterminada, los mortales debemos inventarla a medida que avanzamos -y en circunstancias que, como acertádamente señaló el viejo Marx, en buena medida nos vienen impuestas-. Tendremos que plantearnos de nuevo los eternos interrogantes, pero estar abiertos a respuestas diferentes. Hemos de averiguar qué aspectos del pasado deseamos conservar y qué los hizo posibles. ¿Qué circunstancias eran únicas?¿Qué circunstancias podríamos, con voluntad y esfuerzo, reproducir?
Si 1989 significó un redescubrimiento de la libertad, ¿qué límites estamos dispuestos a ponerle? Incluso en las sociedades más "amantes de la libertad" se le imponen restricciones. Pero si aceptamos algunas limitaciones -como hacemos siempre-, ¿por qué no otras? ¿Por qué estamos tan seguros de que cierta medida de planificación o la tributación progresiva o la propiedad colectiva de los bienes públicos son restricciones intolerables de la libertad, mientras que las cámaras de circuito cerrado, los rescates estatales de bancos de inversión "demasiado grandes para dejarlos caer", las escuchas telefónicas y las costosas guerras en otros países son cargas aceptables que la gente debe soportar?
 Quizá haya buenas respuestas a estas preguntas, pero si no las planteamos, ¿cómo las vamos a saber? Tenemos que redescubrir cómo hablamos sobre el cambio: cómo imaginar formas muy diferentes de organización, libres de la peligrosa salmodia de la "revolución". Debemos distinguir mejor que algunos de nuestros predecesores entre fines deseables y medios inaceptables. Como mínimo, deberíamos tener muy presente la advertencia de Keynes sobre esta cuestión: "No basta con que el estado de cosas que queremos promover sea mejor que el que le precedió; ha de mejorar lo suficiente como para que compense los males de la transición".
No obstante, tras reconocer y asumir todas esas consideraciones, debemos mirar hacia delante:  ¿qué queremos y por qué lo queremos? Como sugiere la actual ruina de la izquierda, las respuestas no son evidentes. Pero, ¿qué alternativa tenemos? No podemos dejar el pasado a nuestras espaldas y limitarnos a cruzar los dedos: sabemos por experiencia que la política, como la naturaleza, aborrece el vacío. Después de veinte años desperdiciados, ha llegado el momento de comenzar de nuevo. ¿Qué hacer?

http://www.projectals.org
Con el 89 se refiere a la fecha de la caída del comunismo, lo que muchos supusieron entonces "el fin de la historia". Ya sólo quedaba un sistema en el mundo, todo sería mejor a partir de entonces; al unísono avanzaríamos hacia la consecución de la paz y el bienestar mundial bajo el reinado del libre mercado.
Si os parece interesante, os informo de que el libro ya tiene una versión de bolsillo, más asequible.




*Recientemente fallecido (en agosto del 2010), Tony Judt fue un eminente historiador y escritor. Destaca su insuperable obra Postguerra: una historia de Europa desde 1945, con un análisis profundo pero ameno del continente durante todo el período de la Guerra Fría.
**Aquí bromeo: ni el azar es electivo, ni mi elección ha sido azarosa.


Saludos